ARAÑAS LAGAÑAS FANTASMAS ©
Aquí hallaras una colección de microcuentos, y cuentos de diversos géneros, como el erótico, horror y terror. Del mismo modo encontraran relatos que rayan en “teatro del absurdo”. De la mente creadora de “Las Sombras de mi Vida”, la primera novela de horror puertorriqueña. Recuerda, todo el material aquí presente tiene derechos de autor. Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio técnico, mecánico o electrónico sin previo permiso escrito por parte del autor.
miércoles, abril 11, 2012
ESPINAS
Por
Iván Javier Vázquez Torres © 2011
Finalmente logro convencerla de que entrara en su apartamento. Una más en una lista interminable. La chiquilla era alta para su edad y extremadamente flaca. Lo único que revelaba que era una niña era su larga cabellera roja, y que sus caderas anunciaban la llegada de la pubertad.
Rodrigo estaba lleno de alegría. Cada vez que se aventuraba el pesimismo amenazaba con ahogarlo. Sin embargo, la recompensa valía el esfuerzo y el dolor temporero que causaba dicho pesimismo. Su colección de fotos era testamento de su persistencia.
La niña caminaba mirándolo todo como tratando de asimilar lo que la rodeaba. Sus pasos estaban tomando los rasgos típicos de las mujeres adultas, lo cual abrumaba a Rodrigo. Le ofreció vino. Eso siempre facilitaba las cosas. La jovencita acepto. Tomo la copa en sus manos blancuzcas y comenzó a beber mientras le clavaba la mirada a Rodrigo. Una mirada que interpreto como lujuriosa.
-¿Por qué sonríes?- le pregunto.
Ella bajo un poco la cabeza, y mientras se secaba los labios le dijo en voz baja
-Tengo un secreto. Acércate y te lo diré-.
Rodrigo estaba a punto de estallar de emoción. Se inclino y le dijo
–Dime-.
Ella acerco su cabecita y le respondió suspirando
-Soy vampira-.
domingo, febrero 21, 2010
TIEMPO IDETERMINADO
La verdad es la verdad. En nuestras desilusiones la acusamos de cruel, pero ella simplemente es. Y la verdad en nuestro caso es tan simple que resulta inhumano el expresarla, en vez de dejarla entre líneas. La verdad es que no somos ni seremos. La verdad es que a pesar de que conocemos en demasía los rincones del cuerpo del otro, y poseemos unas ideas muy afines, somos totalmente distintos. Nuestras diferencias son irreconciliables. Tan simple y tan sencillo. Sin drama y sin adornos. Sin luces teatrales, como la vida, demasiado simple. Todo un esfuerzo sin recompensa, sin alcanzar aunque fuera un tercer lugar. Perdidos en una maraña de momentos felices eclipsados por disputas muy continuas. Entre nosotros no hubo verdadero amor, ni poesía en nuestras palabras, ni miel en nuestros pensamientos. No es posible el amor entre egoístas que desesperadamente buscan silenciar la soledad. No es posible el amor entre traidores de su verdadera naturaleza. Fuimos unos arribistas, que conscientes de sus defectos, de su falta de libertad emocional, de su llameante cobardía, aceptaron un reto que les resulto imposible.
A veces me pongo a pensar y lo único que de verdad deseo es salir huyendo, y de esta forma, renunciar al lujo de los sinceros, de los maduros, de los valerosos. No me mal interpretes, no es que desee borrar el pasado. Si lo borro, ¿qué me queda? Si olvido toda la vida que tuve junto a ti, ¿podre sobrellevarlo? El acto de borrar esas vivencias es sinónimo de borrar quien soy hoy, y es una perdida…es un homicidio que no estoy dispuesto ni preparado a realizar. El pasado, aunque no podemos vivir ni en él ni de él, es la gran madre de nuestro constante renacer.
Es momento de dejar a un lado las fantasías de la nostalgia. Pérfida es la nostalgia. Y no tengo intención de sentarme a morder del mismo pestilente recuerdo por lo que me queda de vida. Ahora que ya no soy cobarde, y que no temo la ausencia de otro ser. Ahora puedo ser más objetivo con lo que fue, y lo que deseo para el futuro. Ahora soy feliz, y aunque puede que suene extraño, te deseo lo mejor. Y en cuanto a esas diminutas luces que representan lo bueno que fue de nuestra vida juntos, las guardo como un ejemplar raro de una novela clásica. Como un invalorable tesoro al que solamente los privilegiados tienen acceso.
I.J. Vázquez Torres ©
viernes, febrero 19, 2010
AMORES DESAMORES Y OTROS MALOS OLORES
1- Ella entro a la habitación, e inmediatamente comprendió que era caso perdido. Tomo el peluche, y sin una onza de sentimentalismo, abandono su infancia.
2- Me pregunto si el manual de geometría aun sigue colgando del tendedero.
3- Desayunaste revoltillo, y ahora tengo que sufrirlo.
4- Te odio. tE ODIO. Te OdIo. TE ODIO. te ODIO. TE odio. te odIO. TE odio. tE odiO. te ODio. Cosa inmunda. ¡Cómo me pude fijar en ti! Ahora prefiero beberme mi propio vomito antes de tener que mirarte. Cuantas veces perdí mi ser por estar prestando exclusiva atención a tus acciones. Y ahora lo que me queda son rastros de unas vivencias que inundan mi mente de reproches. Ahí están las voces que me lo advirtieron. Si, ahí están, acompañadas por todas las veces que dude y no preste la debida atención a mis instintos. Te odio, ahora que estoy libre de tu embrujo. Ahora que estoy consciente de todos tus juegos. De todos tus engaños. De la mentira que disfrazaste de amor. No vuelvas a pensar en mí, no vuelvas a desear mis pensamientos, mis consideraciones, mis caricias, mi alma. Ya recobre el dominio de mi ser. Ya soy yo mismo, y no lo que me moviste a ser, para complacer tus caprichos. Me pediste que dejara atrás todo lo que me hacia ser yo, ¿para qué? Pero ya esa pregunta no me hace feliz, ni saber su respuesta me llena de bravura. Al mirar a todo ese tiempo, no puedo más que suspirar y aceptar, que me esclavizaste, pero tu vanidad fue tu fracaso. Te odio, por haberme hecho amar un ideal inalcanzable. Por ilusionar mis sentidos y capturar mi imaginación. Vete, no vuelvas más, pero antes de que te vayas, ¿podemos seguir siendo amigos?
5- Ella se libero de las cadenas de un incierto. A pesar del amor que sentía y siente. Ahora cuando mira sus recuerdos, siente libertad.
6- Son voces que me condenan. Es el recuerdo que me aterra. Me embarga la voz del pasado. Desdichado yo, que aun vivo y pienso, en esa noche lejana. No tengo a donde ir. Soy prisionero de tu mirada. Y no sé cómo vivir. Déjame escapar. Déjame vivir sin ti. Me ahogan tus memorias. ¿No entiendes que deje de ser feliz? ¿No ves que tu egoísmo me hace sufrir? Contigo no puedo ser libre, contigo lo que me queda es una celda.
7- Al finalizar la batalla, solamente quedaron dos soldados vivos. Entre la nube de humo que manaba de los edificios destruidos, él se acerco a su enemigo. Ambos estaban desarmados, y ninguno deseaba pelear. Ya estaban cansados de tanta muerte. Él se arrodillo para descansar y demostrarle que sus intenciones eran pacificas. No más guerra, le dijo con sinceridad. Ella acepto su propuesta. ¿Cómo te llamas?, le pregunto a su nuevo amigo. Adán, contesto. Ella se sentó a su lado al tiempo que le informaba que su nombre era Eva.
8- En un arrebato de celos, borro todas sus memorias. Ahora se conocen de nuevo.
Iván Javier Vázquez Torres ©
SIN TITULO
Debo hacerlo, pensaba ella. Su amigo, su confidente, su conciencia. Las millas que sus conversaciones habían andado eran incontables. El conjunto de noches que pasaron bebiendo y danzando formaban una obra teatral magistral. La confianza que brindaba fortaleza a sus horas de velo era envidiable. Cada uno encontró en el otro aquello que estaba ausente en sus vidas, y ella ya le resultaba agonizante el negarlo. Y mientras ella debatía y argumentaba con sus miedos y sus múltiples inseguridades, él luchaba contra el terror. Contra todo lo desconocido, lo impredecible, contra la muy real inseguridad que sin saberlo compartía con ella.
Esa mirada que ella insistía en clavarle, le resultaba familiar. Demasiado familiar. La mirada del perdido, la mirada del ilusionado, la mirada del amor. Ella, su mejor amiga, su confesora, su primer beso, su primera desilusión. Habían tratado en el pasado remoto de rehacer la relación, pero las inmadureces de ambos, junto a los torpezas, causaron un fin predecible. Y a pesar de todas las proscripciones que él recitaba en respuesta a la pregunta de por qué no estaban juntos, él aun sentía fuego por ella. El verde de su mirada lo asfixiaba con caricias de sol y besos de menta. El trino de su voz lo embriagaba con deseos de fundirse a esa alma tan noble.
Ella por su parte, era incapaz de pasar más de dos días sin pensar en el azul de sus besos, la dulzura de su mirada, el incienso de sus palabras. Con el tiempo aprendió a perderse en las marejadas de fantasías, en la idea de él, de estar junto a todo lo que representaba la existencia de ese hombre que la sacaba del tiempo y del espacio. Una presencia que en multiplicidad de ocasiones intento acallar con alcohol, lo cual la desarmo y estuvo a punto de revelar su agonía.
No era posible ni prudente ni aconsejable, continuar fingiendo que ninguno estaba siendo quemado por la idea de lo que nunca fue. Ambos eran castigados por la imagen de lo posible, de lo negado, de todo lo que implicaba el dejar de temer. No era inteligente pretender que la soledad de uno era por elección y no por dolor. No era humano pensar que dentro de las incontables accidentales caricias, se escondía el deseo sincero de devorar al otro en un frenesí de amor y pasión, dejarse llevar por las olas de Eros y todos los demás dioses del amor. No era posible, no era justo, simplemente no era aceptable.
Así que ella quebró el patrón y tomo la iniciativa de los valientes y los conquistadores. Con total desprendimiento dejo atrás los temores producidos por el demonio del quizás. Se acerco a él, marcando la letalidad de sus movimientos, cargados de una feminidad que siempre suprimía en su compañía, mismos dotes que rechazaba por no ensuciar la calidad de la falsa relación que se impusieron luego de terminar el breve noviazgo. Saco todo el armamento femenino que estaba a su alcance, y trasmuto su mirada de amiga en una de mujer. De amazona valiente, de amante voraz e imparable. Un gran fuego animal emanaba de sus pupilas, mientras que sus caderas bailaban al son de las feromonas. Lo tomo por la cabeza, y lenta pero con suma seguridad lo acerco a ella. Pauso por breves eternidades, sus labios a meras pulgadas de distancia. Intercambiaron exhalaciones, y lo beso como nunca él imagino posible. Se bebieron mutuamente, inundando de arco iris sus mentes, saturando de mirra sus pieles, acallando un silencio carnal que ya alcanzaba la década. Sus labios jugaron a la guerra, mientras sus lenguas bailaron desenfrenadamente. Todo era fuego, era violeta, era magdalena, era dulce, era ocaso y amanecer. Al concluir el desgarramiento de una prohibición que carecía de razones, ella lo miro fijo a los grandes océanos que llevaba por ojos. Incontables veces se perdió en ellos mientras él hablaba sin parar como su vida dependiera de ello, sobre innumerables acciones, un número parecido de omisiones, otro tanto de decepciones, triunfos, desvelos, amores, y desamores. Múltiples veces estuvo a punto de gritarle que se callara y la besara, que la hiciera suya. Que concluyera con la farsa y la amara. Todo esto al tiempo que él luchaba contra la tentación de callarse y arrancarle un beso y llevarla a su cama, y confesarle cuanto la amaba.
Te amo, le dijo ella, rechazando todas las protestas de su inseguridad. Acallando todas las fuerzas que acordonaban su resolución de no fingir más. Clavándole una lanza al diablo del quizás y del tal vez. Apoderándose de toda la autoestima que llevaba la mitad de su vida dejando perder en los rincones de su mente. Volvió a besarlo, pero en esta ocasión con una dosis mayor de ternura, con una delicadeza artística y llena de miel, con una textura igual a la seda. Con la habilidad de una antigua diosa celta. Lo abrazo, y escucho las palabras, mismas que una voz en su mente le dijo que jamás escucharía salir de la boca de ese hombre que tanto deseaba. En una voz como el amanecer, él le dijo que también la amaba. Que sus días eran marcados por las lagunas desérticas que representaban las horas, los días, las semanas que no se veían. Que los poemas que dejaba por los rincones de su alma, eran épicas inspiradas en el dolor de tener que verla con otro. Que sus noches eran tan solo un conjunto de lamentaciones escritas en el témpano de hielo de la soledad. Que era un gran cobarde y aun no existían letras ni palabras en los lenguajes del hombre para expresar cuanto deseaba no haber perdido tanto tiempo. Cuanto ansiaba tenerla siempre a su lado.
-Entonces-, dijo ella, -esto es el comienzo de una nueva oportunidad. Es la vida que añoramos pero por testarudez despreciamos. Es un retorno al Edén-.
No puedo darte lo que pides, soy un monstruo. Esa era la respuesta que él deseaba suspirarle. Esa era la daga que pensaba clavarle en el alma a la única razón que la vida le daba para abrir los ojos. Darle un fin funesto a la mayor muestra de valor que han presenciado ojos humanos. Matar el ruiseñor que habitaba en lo profundo de los sueños de su amada. Manchar con sangre la nieve de los deseos reprimidos de la gran artista de sueños que habitaba en ella. Sin embargo, era un cobarde.
Inclino su cabeza y la beso como una marejada tropical, llenando el cuerpo delgado y delicado de caricias de luna. Rogando a cualquier deidad que ella jamás encontrara la verdad. Suplicando con verdadera honestidad a los poderes del universo, que sus atrocidades jamás llegaran a la luz de los ojos de esa mujer que tanto adoraba. Y sobre todo, que su sed de muerte jamás lo llevara a soplar la vela que representaba la belleza de la única mujer que lo ha amado. Del único ser por el que ha sentido ternura y empatía. De la única persona que verdaderamente amaba.
- Si-, contesto finalmente. -Este es el comienzo. De aquí en adelante solamente seremos nosotros. Desde hoy, nuestra verdad será nuestro amor-.
Se abrazaron, ella libero un gran pensó de sus pulmones, agradeciendo al cielo del que dudaba su existencia, que él reciprocara su amor. Él por su parte soltó un gran dolor que se confundió con alivio, cuestionándose si realmente sus iniquidades permanecerían ocultas por siempre.
Iván Javier Vázquez Torres ©
viernes, enero 29, 2010
LA RESPUESTA DE LA SRTA. BLOOM
Ella lo dejo pasar con un tono cortés, un poco ansiosa por lo que estaba haciendo. A pesar de que llevaba semanas sin llevarlo a su casa, y evitaba escuchar su voz hipnótica, no pudo evitar aceptar la idea que él le propuso el sábado anterior. Lo saludo con una diminuta sonrisa y se refugió inmediatamente en la cocina, donde las ollas estaban cumpliendo su parte en la creación de magníficos manjares. De su cocina, emanaba un aroma embriagador, que inmediatamente causo que el estomago de su visitante gimiera en anticipación. Una mezcla de olores dulces y picantes, que con suma calma iba conquistando todos los rincones del espartano apartamento. Olores que enloquecían el olfato y llenaban la mente de imágenes gastronómicas que aumentaban la sensación de hambre. Fue sencillo determinar qué era lo que ella preparaba. Comida hindú pensó él, acostumbrado a los menús exóticos que ella a veces le preparaba. Cada uno un preámbulo a una noche llena de sensualidad, y genitalidad.
Se adentro en el apartamento con la misma seguridad con la que ascendió las escaleras, buscando furtivamente una nueva decoración en las paredes o en los muebles, pero encontrándolo todo tal cual lo dejo la última vez. Si algo la distinguía a ella, era la simpleza con la cual vivía. Todo en el apartamento era lo necesario para vivir cómodo.
Mientras se acercaba, determino que no iba a esperar la cena. La deseaba con un fuego que le quemaba los pensamientos y nublaba todo lo demás. Llego a la cocina, y se detuvo detrás de ella. La abrazo. Con gran astucia, comenzó a besarle el cuello. Besos pequeños y mortales, que debilitaban los pies de su víctima. Besos que exploraban cada rincón de su cuello y sus hombros. Al tiempo que la besaba, trazo una línea con la punta de sus dedos desde los hombros de su anfitriona hasta las manos, las cuales apretó juguetonamente. Ella cerró los ojos y se entrego a las caricias. Una de sus manos fue bajando hasta su cintura, y se introdujo en su falda. Trazo poco a poco el camino hasta que encontró lo que buscaba, y comenzó a masajear delicadamente su feminidad. Mientras tanto, su mano derecha se metió por su blusa, consciente de que ella no usaba sostén, buscando uno de sus magníficos senos. Ella libero una sonrisa, mientras suspiraba como gata en celo. La mano izquierda de su visitante masajeaba suavemente su clítoris, provocando que ella se humedeciera. Pequeños círculos que la mareaban y la cegaban, masajes que llenaban de electricidad su cerebro, inundando su mente de lujuria e imágenes eróticas. Movimientos que en ocasiones iban acompañados por diminutos apretones. Sus muslos se aflojaban de manera intermitente, y en dos ocasiones estuvo a punto de perder la fortaleza. Pero él la agarro, deseaba tenerla prisionera, enloquecerla, llevarla al borde hasta que le pidiera que la clavara. Que proclamara profanidades en medio de su excitación y que accediera a todo lo que él propusiera. Con este propósito, su mano derecha coordino los masajes en el pezón con los masajes en el clítoris. Sus dedos estaban completamente mojados en los fluidos de su prisionera, quien gemía con mayor fuerza. Ella busco su boca y comenzó a devorarlo a besos. Sus lenguas se encontraron y dieron comienzo a una batalla de caricias. Ya el mundo dejo de existir para ellos.
De repente, sus dedos buscaron la apertura, y con malicia erótica comenzó a introducirlos y sacarlos. Entraban y salía con lentitud artística, buscando enloquecerla con su tacto. No le tomo mucho tiempo lograr el efecto deseado, ella trinco sus músculos pélvicos y libero un gemido de satisfacción. Había alcanzado el primer orgasmo de la noche.
La agarro y la llevo a la sala. La lanzo al sofá, y se arrodillo frente a ella. Ella pudo reconocer esa mirada, una mirada que anunciaba los maravillosos masajes que brindaba la lengua de su visitante. Él paso su lengua suavemente, saboreando con sumo placer la humedad que ahí se acumulaba. Ella cerró nuevamente los ojos, y dejo de pensar. Lo único que registraba su mente eran los lengüetazos de su amante, mismos que provocaban su cuerpo liberara grandes cantidades de humedad vaginal. Ella le agarro los cabellos apretándolo con fuerza contra su vagina, su cerebro encendido en llamas pre-orgásmicas, hasta que no pudo más y dejo escapar un grito de lujuria al tiempo que todo su cuerpo se trincaba en un orgasmo abismal, mismo que la hizo olvidar quien era y donde estaba.
Era el momento, su sed por ella ya no era posible saciarla con juegos pre-coitales. La llevo a la recamara, y la deposito en la cama. Abrió sus piernas, y con su masculinidad comenzó acariciar su ya estimulada abertura. Poco a poco fue introduciéndola, hasta que finalmente la clavo contra la cama, dando comienzo a la danza pélvica. Fue suave al comienzo, tomando mayor ímpetu con cada envestida. Ambos cerraron los ojos, llenos de fuego y desesperación. Ella lo abrazo con sus piernas, como si temiera que él fuera a dejarla a mitad. Por su parte, él se acerco a besarla, interrumpiendo sus caricias linguales para morderle delicadamente los labios. El abismo se aproximaba, y ella le rogaba que fuera más rápido, que la clavara bien duro. Inmediatamente el obedeció, loco por sentir la marejada de placer. Verdad que te gusta, le grito embriagado de placer. Ella contestaba que sí, pero ajena a lo que respondía. Solamente deseaba que él continuara. La pasión se los estaba comiendo. El aumentaba sus embestidas, y en respuesta ella lo agarro por el pelo para besarlo. Luego libero su cabello, y paso sus uñas por su espaldas. Con el fin próximo, ella comenzó a mover sus caderas al mismo ritmo que su amante. De un ballet, el acto pasó a ser una batalla, y finalmente, ambos amantes llegaron al clímax tan deseado. Marejadas de placer tras marejadas de placer los arropo a los dos, que por varios segundos quedaron paralizados. Era simplemente maravilloso.
Luego de haberse entregado por completo, ambos quedaron mirando el techo. Con la respiración entrecortada y el cuerpo húmedo por los fluidos y el sudor. Estaban absortos en el recuerdo del éxtasis y el deseo de reponerse para otro asalto. De momento él se apoyo en su codo derecho para mirarla. Es hermosa, se dijo a sí mismo al verla ahí desnuda, con su cabellera marrón claro hecha un desorden. En ese instante comprendió que era la mirada de ella lo que le anonadaba, lo que le amarraba a ella. Ahí solamente era posible contemplar fuerza, valor, independencia. Características que lo embriagaban, y al mismo tiempo lo aterraban. Se armo de valor y le pregunto si lo amaba.
Como es posible que me pregunte eso es que acaso estará toda la vida en ese eterno juego en esa eterna mofa hacia su vida la mía y la de su esposa siempre esperando que le brinde lo que parece que no encuentra o se niega a pedir en el seno de su hogar una eterna guerra de suplicas caricias y melodías para ahogar criminalmente el fuego que incinera nuestras mentes y nuestras pelvis porque es innegable que ambos sabemos cómo inundar de placer y lujuria la mente y el cuerpo del otro si lujuria porque ya es algo más que un deseo carnal el que me empuja a aceptarlo en mi vida luego de prometerme jamás volverle escuchar o leer sus mensajes pero resulta difícil llevar a la práctica aquello que te aleja de lo que empezaste amar pues del fuego vino lo que era inesperado pues me deje conducir a paraderos nuevos adicta a la miel de sus caricias y el fuego de su mirada la suavidad de sus músculos y el vigor de su sonrisa una sonrisa que me enloquece y al mismo tiempo me deja con una sensación de desamparo Santo nuevamente me deje llevar por un mar de ideas lo cual debe significar mi miedo a enfrentar la realidad de esta relación que no nos brinda total felicidad pero que testarudamente nos aferramos y que me deja adolorida en las profundidades de mi alma bendita que desea crecer y evolucionar pero que estos momentos de debilidad me lo impiden pues él llego a ser el amo de mis ilusiones y el señor de mis masturbaciones de mis desvelos pero ahora ha llegado una nueva verdad a la cual me aferrare con toda la fuerza de mi voluntad y mi testarudez porque luego de pensarlo y llorarlo he llegado a la única posible conclusión.
Luego de estar contemplando sus memorias y sus pensamientos, la Sra Bloom brindo la única respuesta posible.
-No-.
I.J. Vázquez Torres ©
domingo, diciembre 13, 2009
REPETICIÓN INSTANTANEA
Un día, la raza humana simplemente dejo de existir. Por espacio de setenta y dos horas, todas las ciudades, pueblos, y comunidades del mundo quedaron sumergidas en un silencio atroz. De pronto, algo cambio. En veinticinco localidades distribuidas en los cinco continentes, emergieron unos seres. Su apariencia era humana, pero mejorada. Todos eran hermosos, en su físico resultaba imposible hallar una imperfección. Genéticamente sus cuerpos eran puros. Cada gen, cada cromosoma, cada molécula de adenina, timina, citosina, y guanina poseían un propósito útil. Por primera vez en la historia, el ADN funcionaba exclusivamente para el bienestar, y no para causar enfermedad o debilidad. Nada de genes basura que cargaran o amenazaran a la descendencia con deficiencias o deformidades. Intelectualmente todos eran superiores al compararlos con el extinto homo sapiens. Y lo primero que hicieron al descubrir la existencia de los otros grupos, en los otros continentes, fue declarar la guerra.
I.J. Vázquez Torres ©
martes, diciembre 08, 2009
MINI CUENTOS
I- Aun cuando moriré, se que ella jamás tendrá paz, la he maldecido con amor.
II- Yo,
El comienzo.
Ella,
La nada.
Nosotros,
Caos organizado.
III- Estaba mirando hacia el cielo, perdiéndome en lo infinito, y vino el fuego y me consumió.
IV- Trabaja, trabajo, trabajaré.
El gobierno te cuidará.
Al gobierno le deberás.
Eres un producto.
Esclavitud.
V- Proxac, Venlafaxine, Duloxetine, upropion, Nefazodone, Olanzapine, Risperidone, Clozapine, Benzodiazepine, Pregabalin, Gabapentin, Oxcarbazapine, Xanax, Tendal, Symmetrel, Elavil, Strattera, Buprenex, Buspirone, Litio, Thorazine, Klonopin, Diazepam, Cymbalta, Ritalin, Halodol, Seroquel, Zoloft…ahora si somos libres y felices. ¿Hay quien lo dude?
VI- El está con una bala en la boca.
VII- Ya no tengo interés en lo que entiendes que debo mostrar interés pues no me interesa saber lo que se supone me interese saber.
VIII- Sombras, un suspiro. Colores fugaces, una sinfonía. La nada, el todo, aquí no están. Miro hacia el abismo, y este me mira de vuelta. Me has abandonado, ¡oh mi dios! ¿Ahora que?
IX- Antes de que la bala afeara el muro con sus sesos, Eduardo grito su fe. Una palabra que lo es todo, y jamás desaparecerá. El grito: libertad.
X- Tesis: la entropía se come el orden.
Antitesis: Si creo algo al pintarlo, ¿lo condeno al venderlo?
Síntesis: Dios.
XI- José era prisionero del ego, y por eso peco de sincero.
I.J. Vázquez Torres ©
LA METAMORFOSIS DE AGAMENON
I.J. Vázquez Torres ©
TRIBUTOS E INSULTOS
- La llamarada se esparce eternamente, y la charca es simplemente una fosa de pudrición.
- Ese día se comprobó fuera de toda duda, que los vampiros existen. ¿Y?
- Cuando se acostó a dormir, era él. Al despertar, dejo de serlo.
- En el país de las maravillas, mejor conocido como la Isla del Encanto, el más desquiciado de los habitantes de Macondo puede postularse y ganar para gobernador.
- Ese día despertó, y el dinosaurio finalmente se había ido.
- Tomo un frasco para guardar las cenizas de su madre. Una guerrera, amante de la justicia, incansable fiscalizadora del gobierno. Antígona Pérez, ¡tú amor por la libertad jamás morirá!
- Y el moco, aun seguía guindándole de la nariz.
- La mujer mujer hallo a su hombre hombre.
- ¿Por qué pocos probaron del fricase de pollo para la conciencia?
- En la Isla Cerrera ha muerto la inteligencia.
- Es imposible distinguir realmente entre el bien y el mal, así que resulta más fácil abandonar toda conciencia.
I.J. Vázquez Torres ©
martes, octubre 20, 2009
PERDIDO SIN TI
I.J. Vázquez Torres ©
AMANDA
El estaba sentado, pensando en la negra mirada de una doncella, a la cual nunca se atrevió besar. A su alrededor la existencia se negaba a sentarse con él. Los minutos no pueden pararse para pensar en el ayer. ¿Quién era ella? Tomando con resignación el sobre, extirpo con desencanto los recuerdos ahí atrapados. Como prisioneros de un ayer desperdiciado, los papeles, las cartas, los pedazos de tela, algunos mechones de pelo, fragmentos de un rompecabezas nunca ensamblado.
Era joven, quizás unos 18, quizás menos. Jamás lo supo. Lo arropaba el temor de que fuera menor, pues su moral jamás le permitiría estar con una niña. Se conformaba con mirarla caminar en el jardín, asombrado por la delicadeza de sus pasos por entre las flores. En diversas ocasiones la vio en el pueblo junto a su madre. Sus oscuros ojos lo hipnotizaban, causando que en ocasiones pisara a inocentes.
Una vez logro escuchar su nombre. Amanda. Grabo cada letra en su mente, cada sílaba, gustando como el aire entraba y salía de sus labios cuando lo pronunciaba. Amanda. La hermosa Amanda, delgada y esbelta, con un porte de nobleza heredado de antepasados distantes. La joven era callada, hablando sólo cuando su madre le preguntaba algo. Una voz maravillosa, a la cual Pedro desarrollo una instante adicción.
Entre la colección de recuerdos, esta uno que opaca a los demás. Ese día estuvo a punto de morir. Era jueves, y como de costumbre, estaba en la plaza, comiendo una manzana mientras leía el periódico. Estaba tan absorto en la lectura, que no escucho los pasos. No tuvo que mirar para saber quien le hablaba. Era Amanda. Un enorme pedazo de manzana sin masticar le bajo por la garganta, causando que obesas lágrimas se escaparan por entre sus pestañas. Estuvo paralizado por varios segundos en lo que la horrible sensación desaparecía. Ahí estaba la causa de sus noches en vela, la que se robó la paz de sus días. La que acaparaba sus pensamientos. Es por ella que su desempeño laboral no era el mismo, su eficacia disminuida. Al tenerla tan cerca, dudo que fuera humana. Su belleza era exagerada, abrumadora. Mágica, perfecta, toda una diosa. Con labios intensos que lo embriagaban de locura, y ojos divinos que amenazaban con robarle la poca paz que le quedaba. Su rostro estaba acompañado por una cabellera color marrón, larga y tentadora. Pudo ver de cerca su cuerpo, y como su figura femenina era una perfección matemática en sus proporciones. Entre la niebla del miedo y el amor logro distinguir lo que le preguntaba. “Disculpe, ¿has visto a mi madre?”. Los minutos se alargaron, mientras una oleada de ansiedad amenazaba con hacerlo vomitar. Le tomo todo el poder de su mente el poder pronunciar el “no”. “¿Se siente bien?” le pregunto, con sincera preocupación en la mirada. Le coloco la mano en el hombro, desencadenando sin saberlo una marejada de fuego. “Si, si, estoy algo cansado, no he dormido bien”. Irguiéndose, ella le regalo una sonrisa tímida, mientras le aconsejaba tomar té de tilo. Tratando de no huir, le agradeció el consejo. Esa tarde compró varias cajas de té.
Un día caminaba por la orilla del lago. Era de los pocos lugares que no le recordaban a la bella Amanda. “Esto es inaudito” se dijo así mismo. Enloquecido con una diosa, ¿a caso era digno de ella? Trataba de superar su ansia de besarla, de amarla. Buscaba la forma de arrancarse la obsesión y retornar a su vida oscura y silenciosa. Prefería la nada de la monotonía, que el sufrimiento de un imposible.
En la distancia observo un cuerpo nadando. Se embeleso admirando la destreza del bañista. Seguramente era atleta por profesión. En esos segundos logro quitarse a su tortura de su mente, la destreza del cuerpo era tal que lo dejo ciego a todo lo demás. Poco a poco el cuerpo se acerco a la orilla. En ese instante decidió quedarse y conocer al atleta. Del agua emergió la bella Amanda. El traje baño abrazaba como segunda piel el cuerpo de la joven, revelando más detalles de su belleza infrahumana. La joven sonrió al verlo, se acerco y tomando su toalla le dijo “el agua esta deliciosa, debe probarla”.
Se encerró en su casa por los próximos días, lleno de remordimiento por todos los pensamientos indignos que tuvo al ver el cuerpo húmedo y curvilíneo de la bella Amanda. Hasta que cansado de su actitud mojigata, se metió a la ducha, se arranco el miedo de la piel, y se resigno a conocerla. Ya era insoportable amarla de lejos.
Llego temprano al pueblo, y noto que esa mañana era distinta a las demás. Había un silencio desagradable en el mercado, afeando los alrededores. Camino por varios minutos buscando a las dos figuras más conocidas del pueblo, Amanda y su madre. Los minutos se transformaron en horas, y su desespero lo movió a una acción que jamás pensó que era capaz. Fue a la casa de la dueña de sus sueños.
Sus pasos fueron interrumpidos por una voz que le llamaba. Se detuvo para mirar a su alrededor hasta que vio a la madre de Amanda. Fueron los minutos más dolorosos de su vida. Mientras estaba escondido en su apartamento, Amanda enfermo. Fue algo rápido, e inmisericorde. Cada momento que pasaba, la joven empeoraba, su fiebre asándole los sesos. En uno de los breves momentos de conciencia que tuvo, le entrego un sobre a su madre con ordenes de entregárselos a Pedro. Desconocía el contenido, pues su hija le hizo prometer que no lo abriría. Pedro tomo el sobre en sus manos, la mirada fija en las manos arrugadas de una madre sufrida.
Era invierno, y ya casi nadie iba al lago. Se sentó a mirar el agua que comenzaba a congelarse, recordando aquel día que la vio nadando. Comenzó a recordar y a pensar en la negra mirada de una doncella, a la cual nunca se atrevió besar. A su alrededor la existencia se negaba a sentarse con él. Reflexiono sobre como los minutos no pueden pararse para pensar en el ayer. Ella era la que amo, y nunca tuvo valor para confesárselo. Tomando con resignación el sobre, extirpo los contenidos. Como prisioneros de un ayer desperdiciado, encontró evidencia de otra tragedia. Ella también enloqueció de amor. Encontró fotos suyas, que ella le tomo sin que el supiera. Cartas que confesaban amor, que ella nunca envió. Pedazos de tela blanca, algunos mechones de pelo, todos fragmentos de un rompecabezas nunca ensamblado.
Cerró sus ojos, y lloro.
I.J. Vázquez Torres ©