martes, octubre 20, 2009

AMANDA


El estaba sentado, pensando en la negra mirada de una doncella, a la cual nunca se atrevió besar. A su alrededor la existencia se negaba a sentarse con él. Los minutos no pueden pararse para pensar en el ayer. ¿Quién era ella? Tomando con resignación el sobre, extirpo con desencanto los recuerdos ahí atrapados. Como prisioneros de un ayer desperdiciado, los papeles, las cartas, los pedazos de tela, algunos mechones de pelo, fragmentos de un rompecabezas nunca ensamblado.

Era joven, quizás unos 18, quizás menos. Jamás lo supo. Lo arropaba el temor de que fuera menor, pues su moral jamás le permitiría estar con una niña. Se conformaba con mirarla caminar en el jardín, asombrado por la delicadeza de sus pasos por entre las flores. En diversas ocasiones la vio en el pueblo junto a su madre. Sus oscuros ojos lo hipnotizaban, causando que en ocasiones pisara a inocentes.

Una vez logro escuchar su nombre. Amanda. Grabo cada letra en su mente, cada sílaba, gustando como el aire entraba y salía de sus labios cuando lo pronunciaba. Amanda. La hermosa Amanda, delgada y esbelta, con un porte de nobleza heredado de antepasados distantes. La joven era callada, hablando sólo cuando su madre le preguntaba algo. Una voz maravillosa, a la cual Pedro desarrollo una instante adicción.

Entre la colección de recuerdos, esta uno que opaca a los demás. Ese día estuvo a punto de morir. Era jueves, y como de costumbre, estaba en la plaza, comiendo una manzana mientras leía el periódico. Estaba tan absorto en la lectura, que no escucho los pasos. No tuvo que mirar para saber quien le hablaba. Era Amanda. Un enorme pedazo de manzana sin masticar le bajo por la garganta, causando que obesas lágrimas se escaparan por entre sus pestañas. Estuvo paralizado por varios segundos en lo que la horrible sensación desaparecía. Ahí estaba la causa de sus noches en vela, la que se robó la paz de sus días. La que acaparaba sus pensamientos. Es por ella que su desempeño laboral no era el mismo, su eficacia disminuida. Al tenerla tan cerca, dudo que fuera humana. Su belleza era exagerada, abrumadora. Mágica, perfecta, toda una diosa. Con labios intensos que lo embriagaban de locura, y ojos divinos que amenazaban con robarle la poca paz que le quedaba. Su rostro estaba acompañado por una cabellera color marrón, larga y tentadora. Pudo ver de cerca su cuerpo, y como su figura femenina era una perfección matemática en sus proporciones. Entre la niebla del miedo y el amor logro distinguir lo que le preguntaba. “Disculpe, ¿has visto a mi madre?”. Los minutos se alargaron, mientras una oleada de ansiedad amenazaba con hacerlo vomitar. Le tomo todo el poder de su mente el poder pronunciar el “no”. “¿Se siente bien?” le pregunto, con sincera preocupación en la mirada. Le coloco la mano en el hombro, desencadenando sin saberlo una marejada de fuego. “Si, si, estoy algo cansado, no he dormido bien”. Irguiéndose, ella le regalo una sonrisa tímida, mientras le aconsejaba tomar té de tilo. Tratando de no huir, le agradeció el consejo. Esa tarde compró varias cajas de té.

Un día caminaba por la orilla del lago. Era de los pocos lugares que no le recordaban a la bella Amanda. “Esto es inaudito” se dijo así mismo. Enloquecido con una diosa, ¿a caso era digno de ella? Trataba de superar su ansia de besarla, de amarla. Buscaba la forma de arrancarse la obsesión y retornar a su vida oscura y silenciosa. Prefería la nada de la monotonía, que el sufrimiento de un imposible.

En la distancia observo un cuerpo nadando. Se embeleso admirando la destreza del bañista. Seguramente era atleta por profesión. En esos segundos logro quitarse a su tortura de su mente, la destreza del cuerpo era tal que lo dejo ciego a todo lo demás. Poco a poco el cuerpo se acerco a la orilla. En ese instante decidió quedarse y conocer al atleta. Del agua emergió la bella Amanda. El traje baño abrazaba como segunda piel el cuerpo de la joven, revelando más detalles de su belleza infrahumana. La joven sonrió al verlo, se acerco y tomando su toalla le dijo “el agua esta deliciosa, debe probarla”.

Se encerró en su casa por los próximos días, lleno de remordimiento por todos los pensamientos indignos que tuvo al ver el cuerpo húmedo y curvilíneo de la bella Amanda. Hasta que cansado de su actitud mojigata, se metió a la ducha, se arranco el miedo de la piel, y se resigno a conocerla. Ya era insoportable amarla de lejos.

Llego temprano al pueblo, y noto que esa mañana era distinta a las demás. Había un silencio desagradable en el mercado, afeando los alrededores. Camino por varios minutos buscando a las dos figuras más conocidas del pueblo, Amanda y su madre. Los minutos se transformaron en horas, y su desespero lo movió a una acción que jamás pensó que era capaz. Fue a la casa de la dueña de sus sueños.

Sus pasos fueron interrumpidos por una voz que le llamaba. Se detuvo para mirar a su alrededor hasta que vio a la madre de Amanda. Fueron los minutos más dolorosos de su vida. Mientras estaba escondido en su apartamento, Amanda enfermo. Fue algo rápido, e inmisericorde. Cada momento que pasaba, la joven empeoraba, su fiebre asándole los sesos. En uno de los breves momentos de conciencia que tuvo, le entrego un sobre a su madre con ordenes de entregárselos a Pedro. Desconocía el contenido, pues su hija le hizo prometer que no lo abriría. Pedro tomo el sobre en sus manos, la mirada fija en las manos arrugadas de una madre sufrida.

Era invierno, y ya casi nadie iba al lago. Se sentó a mirar el agua que comenzaba a congelarse, recordando aquel día que la vio nadando. Comenzó a recordar y a pensar en la negra mirada de una doncella, a la cual nunca se atrevió besar. A su alrededor la existencia se negaba a sentarse con él. Reflexiono sobre como los minutos no pueden pararse para pensar en el ayer. Ella era la que amo, y nunca tuvo valor para confesárselo. Tomando con resignación el sobre, extirpo los contenidos. Como prisioneros de un ayer desperdiciado, encontró evidencia de otra tragedia. Ella también enloqueció de amor. Encontró fotos suyas, que ella le tomo sin que el supiera. Cartas que confesaban amor, que ella nunca envió. Pedazos de tela blanca, algunos mechones de pelo, todos fragmentos de un rompecabezas nunca ensamblado.

Cerró sus ojos, y lloro.

I.J. Vázquez Torres ©

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