Cuando estuvieron solos, ella le regalo una mirada de amor. Llevaban años como amigos, y siempre la idea de algo más rondaba sus pensamientos, sus gestos, sus conversaciones, sus acciones. Como visitantes de un museo famoso, que se detienen ante un cuadro poco visitado pero al cual reconocen como poseedor de una belleza innombrable. En diversas ocasiones tocaron el tema prohibido, el relato que les atemorizaba, sin embargo el espectro del fracaso predecía la conclusión de dichas exploraciones. Para ambos era un debate marchito, o por lo menos eso pensaban.
Debo hacerlo, pensaba ella. Su amigo, su confidente, su conciencia. Las millas que sus conversaciones habían andado eran incontables. El conjunto de noches que pasaron bebiendo y danzando formaban una obra teatral magistral. La confianza que brindaba fortaleza a sus horas de velo era envidiable. Cada uno encontró en el otro aquello que estaba ausente en sus vidas, y ella ya le resultaba agonizante el negarlo. Y mientras ella debatía y argumentaba con sus miedos y sus múltiples inseguridades, él luchaba contra el terror. Contra todo lo desconocido, lo impredecible, contra la muy real inseguridad que sin saberlo compartía con ella.
Esa mirada que ella insistía en clavarle, le resultaba familiar. Demasiado familiar. La mirada del perdido, la mirada del ilusionado, la mirada del amor. Ella, su mejor amiga, su confesora, su primer beso, su primera desilusión. Habían tratado en el pasado remoto de rehacer la relación, pero las inmadureces de ambos, junto a los torpezas, causaron un fin predecible. Y a pesar de todas las proscripciones que él recitaba en respuesta a la pregunta de por qué no estaban juntos, él aun sentía fuego por ella. El verde de su mirada lo asfixiaba con caricias de sol y besos de menta. El trino de su voz lo embriagaba con deseos de fundirse a esa alma tan noble.
Ella por su parte, era incapaz de pasar más de dos días sin pensar en el azul de sus besos, la dulzura de su mirada, el incienso de sus palabras. Con el tiempo aprendió a perderse en las marejadas de fantasías, en la idea de él, de estar junto a todo lo que representaba la existencia de ese hombre que la sacaba del tiempo y del espacio. Una presencia que en multiplicidad de ocasiones intento acallar con alcohol, lo cual la desarmo y estuvo a punto de revelar su agonía.
No era posible ni prudente ni aconsejable, continuar fingiendo que ninguno estaba siendo quemado por la idea de lo que nunca fue. Ambos eran castigados por la imagen de lo posible, de lo negado, de todo lo que implicaba el dejar de temer. No era inteligente pretender que la soledad de uno era por elección y no por dolor. No era humano pensar que dentro de las incontables accidentales caricias, se escondía el deseo sincero de devorar al otro en un frenesí de amor y pasión, dejarse llevar por las olas de Eros y todos los demás dioses del amor. No era posible, no era justo, simplemente no era aceptable.
Así que ella quebró el patrón y tomo la iniciativa de los valientes y los conquistadores. Con total desprendimiento dejo atrás los temores producidos por el demonio del quizás. Se acerco a él, marcando la letalidad de sus movimientos, cargados de una feminidad que siempre suprimía en su compañía, mismos dotes que rechazaba por no ensuciar la calidad de la falsa relación que se impusieron luego de terminar el breve noviazgo. Saco todo el armamento femenino que estaba a su alcance, y trasmuto su mirada de amiga en una de mujer. De amazona valiente, de amante voraz e imparable. Un gran fuego animal emanaba de sus pupilas, mientras que sus caderas bailaban al son de las feromonas. Lo tomo por la cabeza, y lenta pero con suma seguridad lo acerco a ella. Pauso por breves eternidades, sus labios a meras pulgadas de distancia. Intercambiaron exhalaciones, y lo beso como nunca él imagino posible. Se bebieron mutuamente, inundando de arco iris sus mentes, saturando de mirra sus pieles, acallando un silencio carnal que ya alcanzaba la década. Sus labios jugaron a la guerra, mientras sus lenguas bailaron desenfrenadamente. Todo era fuego, era violeta, era magdalena, era dulce, era ocaso y amanecer. Al concluir el desgarramiento de una prohibición que carecía de razones, ella lo miro fijo a los grandes océanos que llevaba por ojos. Incontables veces se perdió en ellos mientras él hablaba sin parar como su vida dependiera de ello, sobre innumerables acciones, un número parecido de omisiones, otro tanto de decepciones, triunfos, desvelos, amores, y desamores. Múltiples veces estuvo a punto de gritarle que se callara y la besara, que la hiciera suya. Que concluyera con la farsa y la amara. Todo esto al tiempo que él luchaba contra la tentación de callarse y arrancarle un beso y llevarla a su cama, y confesarle cuanto la amaba.
Te amo, le dijo ella, rechazando todas las protestas de su inseguridad. Acallando todas las fuerzas que acordonaban su resolución de no fingir más. Clavándole una lanza al diablo del quizás y del tal vez. Apoderándose de toda la autoestima que llevaba la mitad de su vida dejando perder en los rincones de su mente. Volvió a besarlo, pero en esta ocasión con una dosis mayor de ternura, con una delicadeza artística y llena de miel, con una textura igual a la seda. Con la habilidad de una antigua diosa celta. Lo abrazo, y escucho las palabras, mismas que una voz en su mente le dijo que jamás escucharía salir de la boca de ese hombre que tanto deseaba. En una voz como el amanecer, él le dijo que también la amaba. Que sus días eran marcados por las lagunas desérticas que representaban las horas, los días, las semanas que no se veían. Que los poemas que dejaba por los rincones de su alma, eran épicas inspiradas en el dolor de tener que verla con otro. Que sus noches eran tan solo un conjunto de lamentaciones escritas en el témpano de hielo de la soledad. Que era un gran cobarde y aun no existían letras ni palabras en los lenguajes del hombre para expresar cuanto deseaba no haber perdido tanto tiempo. Cuanto ansiaba tenerla siempre a su lado.
-Entonces-, dijo ella, -esto es el comienzo de una nueva oportunidad. Es la vida que añoramos pero por testarudez despreciamos. Es un retorno al Edén-.
No puedo darte lo que pides, soy un monstruo. Esa era la respuesta que él deseaba suspirarle. Esa era la daga que pensaba clavarle en el alma a la única razón que la vida le daba para abrir los ojos. Darle un fin funesto a la mayor muestra de valor que han presenciado ojos humanos. Matar el ruiseñor que habitaba en lo profundo de los sueños de su amada. Manchar con sangre la nieve de los deseos reprimidos de la gran artista de sueños que habitaba en ella. Sin embargo, era un cobarde.
Inclino su cabeza y la beso como una marejada tropical, llenando el cuerpo delgado y delicado de caricias de luna. Rogando a cualquier deidad que ella jamás encontrara la verdad. Suplicando con verdadera honestidad a los poderes del universo, que sus atrocidades jamás llegaran a la luz de los ojos de esa mujer que tanto adoraba. Y sobre todo, que su sed de muerte jamás lo llevara a soplar la vela que representaba la belleza de la única mujer que lo ha amado. Del único ser por el que ha sentido ternura y empatía. De la única persona que verdaderamente amaba.
- Si-, contesto finalmente. -Este es el comienzo. De aquí en adelante solamente seremos nosotros. Desde hoy, nuestra verdad será nuestro amor-.
Se abrazaron, ella libero un gran pensó de sus pulmones, agradeciendo al cielo del que dudaba su existencia, que él reciprocara su amor. Él por su parte soltó un gran dolor que se confundió con alivio, cuestionándose si realmente sus iniquidades permanecerían ocultas por siempre.
Iván Javier Vázquez Torres ©