domingo, febrero 21, 2010

TIEMPO IDETERMINADO

Cuantas veces desee poder decir la verdad, pero el miedo es cruel y sabe como silenciar. Ayer estuve frente a un abismo llamado el pasado, y recordé en un instante todo lo que fue, y sin desearlo una lágrima recorrió la distancia hacia mis labios. Un rastro salado de melancolías reprimidas y deseos en apariencia arrinconados en el sótano frío del inconsciente. Yo estaba complacido en la creencia de que finalmente, logre dejar a un lado ese capítulo breve de mi vida. ¡Qué ingenuo! Si algo alcance en realidad fue disminuir la frecuencia de mis reflexiones casi masturbatorías en su obsesión. Me pregunto, en especial en esos momentos en que me sorprendo volviendo a pecar con el quizás, si en realidad sane por completo la herida. La respuesta casi siempre es si. Sin embargo hay otros momentos en los que me cuestiono si en realidad no queda por algún lado, un rasguño emocional del que no tengo conciencia. Como el soldado que pierde una extremidad y no se da cuenta hasta que otro se lo dice. Estoy envarado de tanto revisitar esas imágenes, para llegar siempre a la misma conclusión. Lo nuestro era tan sólo el espejismo del sediento. Nuestra sed: del calor de otro. De las caricias honestas de un ser igualmente desesperado. Del beso honesto y voraz de uno que igual que nosotros, estaba a punto de olvidar que era lo que se sentía. La sed tan humana de un acompañante en esta obra teatral llamada vida. ¿Era vida lo que en esos meses tuvimos? Me gusta pensar, me gusta creer que la respuesta es afirmativa.
La verdad es la verdad. En nuestras desilusiones la acusamos de cruel, pero ella simplemente es. Y la verdad en nuestro caso es tan simple que resulta inhumano el expresarla, en vez de dejarla entre líneas. La verdad es que no somos ni seremos. La verdad es que a pesar de que conocemos en demasía los rincones del cuerpo del otro, y poseemos unas ideas muy afines, somos totalmente distintos. Nuestras diferencias son irreconciliables. Tan simple y tan sencillo. Sin drama y sin adornos. Sin luces teatrales, como la vida, demasiado simple. Todo un esfuerzo sin recompensa, sin alcanzar aunque fuera un tercer lugar. Perdidos en una maraña de momentos felices eclipsados por disputas muy continuas. Entre nosotros no hubo verdadero amor, ni poesía en nuestras palabras, ni miel en nuestros pensamientos. No es posible el amor entre egoístas que desesperadamente buscan silenciar la soledad. No es posible el amor entre traidores de su verdadera naturaleza. Fuimos unos arribistas, que conscientes de sus defectos, de su falta de libertad emocional, de su llameante cobardía, aceptaron un reto que les resulto imposible.
A veces me pongo a pensar y lo único que de verdad deseo es salir huyendo, y de esta forma, renunciar al lujo de los sinceros, de los maduros, de los valerosos. No me mal interpretes, no es que desee borrar el pasado. Si lo borro, ¿qué me queda? Si olvido toda la vida que tuve junto a ti, ¿podre sobrellevarlo? El acto de borrar esas vivencias es sinónimo de borrar quien soy hoy, y es una perdida…es un homicidio que no estoy dispuesto ni preparado a realizar. El pasado, aunque no podemos vivir ni en él ni de él, es la gran madre de nuestro constante renacer.
Es momento de dejar a un lado las fantasías de la nostalgia. Pérfida es la nostalgia. Y no tengo intención de sentarme a morder del mismo pestilente recuerdo por lo que me queda de vida. Ahora que ya no soy cobarde, y que no temo la ausencia de otro ser. Ahora puedo ser más objetivo con lo que fue, y lo que deseo para el futuro. Ahora soy feliz, y aunque puede que suene extraño, te deseo lo mejor. Y en cuanto a esas diminutas luces que representan lo bueno que fue de nuestra vida juntos, las guardo como un ejemplar raro de una novela clásica. Como un invalorable tesoro al que solamente los privilegiados tienen acceso.
I.J. Vázquez Torres ©

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