No brindo ningún tipo de información sobre el porque deseaba verlo a solas, lo cual agregaba a su preocupación. La llamada de Alfredo quebraba todos los esquemas creados en la mente de Carlos, quien pensaba que el esposo de Elena lo odiaba. Era claro que algo serio estaba sucediendo en la vida de Alfredo.
Acepto la anómala llamada con incertidumbre, siendo el desespero en la voz que manaba del auricular lo que finalmente lo convenció de aceptar el encuentro. Una vez en el punto de encuentro, intercambiaron formalidades con forzada gentileza. Ante los ojos de los espectadores lucían como dos lobos examinando a un intruso en su territorio. Estrecharon las manos sin ánimo ni energías, sin deseos de brindarle la dignidad al otro de este gesto social. Se trataron de intimidar mutuamente con la mirada, lo cual resulto fútil pues ambos simplemente eran incapaces de ser amedrentados.
Tomaron asiento uno frente al otro, más por desconfianza que por cortesía; y procedieron a compartir el silencio por una eternidad. Con suma aprensión una joven mesera se acerco a la mesa, y con voz etérea anuncio su presencia. Cada cual pidió un trago sin mirar a la nerviosa camarera, quien fue contagiada por el terrible aire que manaba de aquella mesa. Una vez apunto la orden, se aparto apresuradamente a buscar las bebidas.
Tomando aire ruidosamente al tiempo que bajo la mirada, Alfredo tomo la palabra. Ausente estaba el tono de desespero que caracterizo la llamada de hace dos días. “Estoy preocupado. Temo que estoy perdiendo la lucha por salvar mi matrimonio. Hacer esto para mi es difícil, sin embargo ella te tiene en gran estima, y eso me mueve a buscar de tu ayuda…y nada más”. Carlos permaneció inmóvil mientras escuchaba todo esto, con la mirada centrada en los ojos de su interlocutor. Su mente absorbía con sumo cuidado cada palabra, cada gesto, conciente de todo lo que implicaban. Este hombre estaba dispuesto a tragarse su orgullo con tal de rescatar su relación, y eso le resultaba admirable. “¿Cómo te puedo ayudar?” le pregunto finalmente Carlos, dispuesto a brindar cualquier tipo de ayuda que estuviese a su alcance. La respuesta de Alfredo fu simple. “¿Qué puedo hacer para salvar mi matrimonio?”. Asombrado, Carlos reacciono con la bondad que le caracterizaba. Echando a un lado la desconfianza, le dijo con toda seriedad “se sincero con ella. Busquen ayuda…aunque eso no servirá al menos que estén dispuestos a realizar compromisos. En cuanto a lo que puedes hacer en concreto…dale amor, bríndale atención, y no simplemente viajes ni regalos. Algo tan sencillo como una simple conversación, una caminata por el parque sin los chicos, mostrarte interesado por las cosas que le fascinan…eso te acercara más a ella”.
Nuevamente compartieron el silencio. Alfredo se encontraba ahogado en un análisis privado sobre todo lo que acabo de escuchar. Era fácil ver la lucha interna, y en ese momento Carlos empatizo con el hombre que estaba sentado frente a él y su lucha. “Gracias” dijo lleno de sinceridad Alfredo, mirando el trago en sus manos. “Otra cosa, ¿crees que me sea infiel?”. “Creo que si no trabajas en cambiar, la puedes perder”. “Sabes que no me agrada sean amigos... en parte porque no tengo ese tipo de relación con ella.” “Pues lucha por alcanzarlo, no te llegara del cielo”.
Se levantaron complacidos de la conversación, mirándose con respeto. Estrecharon sus manos, en esta ocasión con dignidad y fortaleza. Poco a poco el aire de guerra que les rodeaba se disipo, y en ambas mentes se formo la idea de que era posible una amistad entre ellos. Sin soltarle la mano, Alfredo le pregunto a Carlos “¿alguna vez hubo algo entre ustedes?”. Mirándolo a los ojos, Carlos le respondió “no, nunca” pensando lo innecesario que resultaba la verdad en aquel momento.
I.J. Vázquez Torres ©
Acepto la anómala llamada con incertidumbre, siendo el desespero en la voz que manaba del auricular lo que finalmente lo convenció de aceptar el encuentro. Una vez en el punto de encuentro, intercambiaron formalidades con forzada gentileza. Ante los ojos de los espectadores lucían como dos lobos examinando a un intruso en su territorio. Estrecharon las manos sin ánimo ni energías, sin deseos de brindarle la dignidad al otro de este gesto social. Se trataron de intimidar mutuamente con la mirada, lo cual resulto fútil pues ambos simplemente eran incapaces de ser amedrentados.
Tomaron asiento uno frente al otro, más por desconfianza que por cortesía; y procedieron a compartir el silencio por una eternidad. Con suma aprensión una joven mesera se acerco a la mesa, y con voz etérea anuncio su presencia. Cada cual pidió un trago sin mirar a la nerviosa camarera, quien fue contagiada por el terrible aire que manaba de aquella mesa. Una vez apunto la orden, se aparto apresuradamente a buscar las bebidas.
Tomando aire ruidosamente al tiempo que bajo la mirada, Alfredo tomo la palabra. Ausente estaba el tono de desespero que caracterizo la llamada de hace dos días. “Estoy preocupado. Temo que estoy perdiendo la lucha por salvar mi matrimonio. Hacer esto para mi es difícil, sin embargo ella te tiene en gran estima, y eso me mueve a buscar de tu ayuda…y nada más”. Carlos permaneció inmóvil mientras escuchaba todo esto, con la mirada centrada en los ojos de su interlocutor. Su mente absorbía con sumo cuidado cada palabra, cada gesto, conciente de todo lo que implicaban. Este hombre estaba dispuesto a tragarse su orgullo con tal de rescatar su relación, y eso le resultaba admirable. “¿Cómo te puedo ayudar?” le pregunto finalmente Carlos, dispuesto a brindar cualquier tipo de ayuda que estuviese a su alcance. La respuesta de Alfredo fu simple. “¿Qué puedo hacer para salvar mi matrimonio?”. Asombrado, Carlos reacciono con la bondad que le caracterizaba. Echando a un lado la desconfianza, le dijo con toda seriedad “se sincero con ella. Busquen ayuda…aunque eso no servirá al menos que estén dispuestos a realizar compromisos. En cuanto a lo que puedes hacer en concreto…dale amor, bríndale atención, y no simplemente viajes ni regalos. Algo tan sencillo como una simple conversación, una caminata por el parque sin los chicos, mostrarte interesado por las cosas que le fascinan…eso te acercara más a ella”.
Nuevamente compartieron el silencio. Alfredo se encontraba ahogado en un análisis privado sobre todo lo que acabo de escuchar. Era fácil ver la lucha interna, y en ese momento Carlos empatizo con el hombre que estaba sentado frente a él y su lucha. “Gracias” dijo lleno de sinceridad Alfredo, mirando el trago en sus manos. “Otra cosa, ¿crees que me sea infiel?”. “Creo que si no trabajas en cambiar, la puedes perder”. “Sabes que no me agrada sean amigos... en parte porque no tengo ese tipo de relación con ella.” “Pues lucha por alcanzarlo, no te llegara del cielo”.
Se levantaron complacidos de la conversación, mirándose con respeto. Estrecharon sus manos, en esta ocasión con dignidad y fortaleza. Poco a poco el aire de guerra que les rodeaba se disipo, y en ambas mentes se formo la idea de que era posible una amistad entre ellos. Sin soltarle la mano, Alfredo le pregunto a Carlos “¿alguna vez hubo algo entre ustedes?”. Mirándolo a los ojos, Carlos le respondió “no, nunca” pensando lo innecesario que resultaba la verdad en aquel momento.
I.J. Vázquez Torres ©
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