El camino abrazaba la monotonía como naufrago a un salvavidas. Millas de indiferencia que se mezclaba al infinito cielo que aparentaba burlarse de todo y de nada. Querer refrescar la mente resultaba un acto imposible, a causa de un calor endemoniado que se juntaba al dolor, formando una alianza bélica contra todo intento por calmar los pensamientos. Ellos ahorraban palabras en un esfuerzo fútil por no reñir, que se torno en su única forma de comunicación. Las pisadas agravaban el dolor creando ampollas y heridas en los pies, a la vez que los rayos dorados del sol abrazaban sus cuellos, tatuándoles un color ajeno a su naturaleza. Era realmente un suplicio apabullante y siniestro que rechazaba la sanidad de lo civilizado, cruel y sincero. “¿Cuánto falta?” pregunto finalmente uno de ellos, ya harto de tener que cuidar el contenido de sus palabras. “Días: contesto ahedónico su acompañante, libre de lo que fuera que dio vida a su enemistad, el fuego combatiente perdido en los granos de polvo que azotaba su piel durante la extenuante caminata.
Dos horas transcurrieron idénticas a las anteriores, cuando allegaron a una bifurcación en su ya odiado y aparentemente eterno camino. Miraron sus opciones con renovado desden y aprehensión, buscando en sus memorias si en algún momento se les menciono la existencia de este paraje en su camino. “¿Cuál?” pregunto el más joven y el más aquejado de los dos. Su acompañante saco el mapa, estrujado por tantas consultas, y manchado de grasa por incontables descuidos. Lo miraba intensamente como si se tratase de un tesoro arqueológico al que se pensaba perdido sin remedio. “Izquierda” contesto con cierto grado de certeza. “Pues andemos”. Y así lo hicieron.
I. J. Vázquez Torres ©
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