En el corazón de todos, estaba claro que su vida, estuvo llena de triunfos, felicidad, vitalidad, y sobretodo, de amor. Era triste que su fin estuviera tan cerca, eso era indudable. Lucho como sólo él era capaz contra la enfermedad, sorprendiendo a su doctor viviendo más allá de lo pronosticado. A todos les consolaba que llevo una vida plena, sin remordimientos, conciente de que hizo mucho, que vivió a plenitud. Así que tres generaciones se encontraban juntas, celebrando su vida, buscando recuerdos para adornar sus rostros con sonrisas, y abrazos para consolar a los que les era demasiado intenso el viaje por el pasado. Todos entraban y salían del cuarto de hospital donde él reposaba, esperando calmadamente el último suspiro. Sus hijos hablaban entre si, recordando lo maravilloso que fue tenerlo de padre. Una figura imponente, llena de energías positivas, cuya risa contagiaba hasta al más odioso de los vecinos. Amable, con una paciencia que ahora de adultos, se maravillaban. Pocas veces les llego a gritar, y fueron suficientes.
Los nietos secaban sus sollozos relatando bárbaras travesuras, que en ocasiones su abuelo fue cómplice. Siempre lleno de vida, disfrutando cada momento con sus nietos, a veces disciplinando y educando sin que ellos se percataran. Sentados en el piso, estaban los más jóvenes, a quienes aun les era difícil entender lo que estaba próximo a suceder. De todas formas, estaban completamente absortos con los relatos de los mayores, contentos de que ellos también fueron testigos de ese ser tan especial.
A su familia la acompañaban viejos amigos y nuevos amigos. Todos aportaban con relatos de su vida, unos que dibujaban sonrisas, otros que liberaban las lágrimas, y otros que maravillaban. La cantidad de personas, en un principio incomodo a las enfermaras, hasta que lo conocieron.
Cerca de las siete de la noche, ella se estaciono lo más cerca posible de la entrada del hospital, mientras rogaba que sus fuerzas no la abandonaran. En cuanto se enteró, puso todo en pausa, y se encamino a verlo. Necesitaba verlo una vez más, antes de la llegada del fin. Aunque hacia tiempo que no se veían, trataban de mantener el contacto lo más seguido posible. Ahora que estaba en el hospital, la llenaba una tristeza que amenazaba con quitarle el valor. Cerro los ojos, tomo una gran respiración, y cuando el miedo finalmente se disipo, se encamino hacia el tercer piso del hospital. Necesitaba verlo antes de que el ángel de la muerte llegara para llevárselo.
Realmente no estaba atenta a sus alrededores. Mientras el elevador ascendía sin desespero, ella se dedico a orar, pidiéndole a Dios fuerza para poder despedirse. Nuevamente tomo un gran respiro, inhalando el aire desinfectado del hospital, alejando de su mente todos sus temores y dolores. Cuando llego a su destino, emergió del ascensor con la tenacidad y fuerza que la caracterizaban. El piso estaba casi desierto, muchos se habían retirado a dormir, mientras otros estaban comiendo. De los presentes, casi todos estaban luchando contra el sueño. Los más jovencitos jugaban en un rincón, protegidos por su inocencia. Ella los miro, con un poco de pena, pronto la vida les propinaría la peor de las lecciones: todo tiene su final.
Entro a la habitación donde él reposaba, llena de flores y otros mementos. Una de las paredes estaba completamente decorada, con los dibujos de los nietos, mientras que la mesa de noche estaba presente el gran crucifijo que él tanto adoraba. Se acerco pausadamente, adsorbiendo cada instante. Cuando llego a su lado, noto que los años por fin lo alcanzaron. De adolescente siempre le asombraba como él nunca aparentaba su verdadera edad. Se quedo ahí, contemplándolo por una infinidad de minutos, recordando, reviviendo. En sus recuerdos se vio a sí misma de niña, tímida, temerosa, callada, y como él lograba hacerla sonreír, como le brindaba seguridad. Recordó con gran afecto las incontables ocasiones que la tomo en sus brazos, y la inundaba de mimos, hablándole con sumo amor. Su viaje por los recuerdos la llevo a varios momentos importantes de su adolescencia, y como él estuvo presente en alguno de ellos. Las grandes conversaciones, las partidas de ajedrez, incluso las pocas discusiones que tuvieron. Sobretodo recordó su graduación de bachillerato, y como era posible ver manar orgullo de su mirada. “Mi gran arquitecta” le dijo ese día, mientras la apretaba con un abrazo lleno de amor paternal. ¡Cuánto tiempo ha pasado!
Aun estaba flotando en diversas memorias, cuando él abrió sus debilitados ojos. Al verla, le regalo una sonrisa decorada por las líneas del tiempo. Con gran dificultad la llamo por su apodo, una voz frágil que se negaba a permanecer callada. “p r i n c e s a”. Sophia atrapo el llanto dentro de su pecho, deseaba que su despedida fuera alegre, pero cada minuto que pasaba se le hacía más difícil. “Hola Carlos”. Se acero y lo beso en la frente, como él hizo tantas veces con ella. Lo observo con suma concentración, buscando grabar su rostro, temerosa de olvidarlo de no hacerlo. Carlos levanto su mano, y con su dedo seco una lagrima fugitiva, mientras le decía “s o n r i e”. Sophia se trepo a la cama junto a él, abrazándolo, dejando libre el resto de las lagrimas prisioneras. Con gran dificultad Carlos volvió a levantar su mano, y le toco la punta de la nariz, como hizo una infinidad de veces cuando ella era apenas una chiquilla. Ese gesto siempre lo recordaba con ternura, y la ayudo a calmar su pena. Carlos le regalo otra sonrisa, y entre suspiros le dijo “t e q u i e r o, m i p r i n c e s a”, y con esto, cerró los ojos para siempre.
El sol estaba despertando, cuando Sophia llego a su casa. En la sala, medio dormido, su esposo la esperaba, lleno de pena por la perdida de su mujer. Al verla llegar, se allegó a ella, cubriéndola con un abrazo tierno. “Estoy bien” le dijo ella, mientras le depositaba un beso en los labios. Se sentaron en la sala en silencio por unos breves segundos. Sophia comenzó a relatarle diversos recuerdos, hasta que llego al momento final. Sus labios sonrientes en todo momento. Preocupado, su esposo la tomo de las manos, interrumpiendo su relato, mirando sus profundos ojazos negros, le pregunto “amor, ¿estas bien?”. Ella bajo la mirada, comprendiendo la pregunta de su marido. “Me imagino que mi sonrisa te confunde. Mi amor, sonrió porque lo que él más temía, no paso”. Completamente perdido, se acerco a ella, y luego de varios segundo, le pregunto “¿y que era lo más que él temía?”. “Nunca le tuvo miedo a la muerte, pero le provocaba pavor la posibilidad de morir solo. Afortunadamente, murió rodeado por gente que lo amaba, por su familia y sus amigos. Por eso es que sonrío”.
I.J. Vázquez Torres ©
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