viernes, agosto 21, 2009

MI GRAN ORGULLO

Carlos caminaba lentamente por la playa, absorbiendo el hermoso panorama que le rodeaba. A su lado estaba su fiel beagle Woodstock, acostumbrado a la rutina de los viernes. El ancestral perro aun preservaba las energías de su juventud, causando asombro en todo aquel que se enteraba de su edad. Cuando llegaron a su punto favorito, se sentaron a reposar, y Carlos comenzó hablarle a Woodstock, como era su costumbre.

Poco a poco Carlos se adentro en sus meditaciones personales, pensando en días pasados, planeando días venideros, jugando con el porvenir. Le encantaba reflexionar sobre diversos temas, y recordar felicidades pasadas. Sobretodo, le agradaba repasar sus triunfos. Sus meditaciones lo llevaron a permanecer en silencio, mientras contemplaba la belleza del océano. Lo embrujaba el ritmo del agua celosa que abrazaba la arena en una danza mágica, llena de secretos, honesta y retante.

Woodstock comenzó a mover su rabo, pues en la lejanía logro divisar quien se acercaba. Lo recordaba con suma alegría, y verlo despertó su alma juguetona. Carlos se volteó a ver quien se acercaba, y comprobó sus sospechas. Era Jeremías. El joven que se acercaba a él se había desarrollado en todo un hombre. Un chico amable, honesto, sincero, y apuesto. Era alto, con una piel blanca que el sol tornaba roja si no se cuidaba. Al verlo caminar se remonto al pasado cuando era un chiquillo que le temía a las olas, y gritaba de emoción cuando el agua lo abrazaba. El tiempo lo convirtió en un joven ejemplar que despertaba gran admiración, y que ahora se adentraba al mundo universitario.

Jeremías se sentó junto a Carlos, mientras Woodstock lo inundaba de besos caninos. El joven dejo libre una carcajada que sirvió para llevar a Carlos a visitar otras memorias de cuando este era un bebé. Durante unos minutos permanecieron callados, admirando la belleza del imponente océano. Las olas cantaban incesantes mientras la brisa refrescaba sus rostros. Al ver el azul cristalino, Jeremías contempló unas imágenes de su infancia. Con algo de duda le pregunto a Carlos “¿alguna vez me llevaste a la playa?, creo recordar algo así.” Los labios de Carlos se abrieron en una sonrisa paternal. Se volteó para verlo mejor y le contesto “eso fue hace mucho tiempo, aun eras un bebé. Caminabas hasta la orilla pero al ver las olas te ibas corriendo. Hasta que tomaste confianza, y con mi ayuda entraste al agua.” Se quedaron mirando el atardecer, conversando sobre diversos temas mientras Woodstock se quedaba dormido. El frío y los mosquitos les obligo a refugiarse en un negocio, donde compartieron un café fuerte pero delicioso.

Luego de varias tazas y muchas palabras, llego el momento de despedirse. Era tarde y ambos estaban cansados. Carlos lo abrazo fuerte, y le dijo “estoy orgulloso de ti”. Jeremías le contesto con una sonrisa, alegre porque pudo comprobar que su memoria era cierta, que ese día sucedió en realidad. Una de sus memorias más remotas y una de las más felices.

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