viernes, julio 24, 2009

SIN EXCUSAS

SIN EXCUSAS

El estruendo retumbo las paredes del diminuto cuarto, quebrando con violencia el silencio asfixiante…y la bala no lo mato…

Despertó luego de un tiempo indeterminado ante la presencia de unos ojos color zafiro. Entre toda la confusión, el único sonido distinguible era el “shhh” que emanaba de labios llenos de dulzura angelical. En un instante regreso a la paz del mundo de los sueños.

Despertó. Lo rodeaba una nube gris de confusión que lo dejaba inmóvil y temeroso. Se dio a la tarea de estudiar sus alrededores antes de tomar una decisión. Ante su vista se encontraba un cuarto de dimensiones cómodas, pintado de color terracota. En la pared opuesta de la cama se encontraba un solitario Kandinsky. Paso varios segundos contemplándolo, hasta que finalmente se digno a explorar el resto de la habitación. Al lado derecho de la cama noto una diminuta mesa de estilo indeterminado. Lo único que ocupaba la mesa era el extenso y confuso volumen de Thomas Pynchon. Lo que le perturbaba era como podía reconocer estas cosas, y al mismo tiempo ignorar quien era, y como había adquirido estos conocimientos.

Las semanas se deslizaban indiferentes a todo. Las visitas de la mujer eran breves y concisas, hasta que una tarde de junio ella quebró la rutina y le pregunto “¿cómo te llamas?”. Tratando de recuperar sus pensamientos de la niebla del coma, el contesto con esfuerzo “Deckard”. Ella soltó una carcajada llena de juventud que no le era propio. Llena de coquetería le replico “Y dime Deckard, ¿puedes recordar tu primer nombre?”. El rostro de Deckard fue invadido por el rojo de la vergüenza. Ni siquiera sabia donde estaba ni como había llegado a ese misterioso cuarto. Todo era como una niebla que imposibilitaba observar un paraje hermoso al pie de una colina. El estaba seguro que había algo que recordar, pero le era imposible determinar que. De lo único que tenia certeza era que algo horrible ocurrió en un pasado no muy distante. Llena de compasión ella le tomo la mano a la vez que le indicaba como revelando un gran misterio cósmico “Harry, te llamas Harry”.

El nombre de su enfermera era Tessa, quien se negó a suplir un apellido. Sus conversaciones eran breves e insignificantes, lo cual con el tiempo se torno un ejercicio odioso para Harry. Sus intentos de ejercitar su memoria eran recibidos con poca cordialidad por parte de Tessa, quien por alguna razón, no lo dejaba salir de la habitación. Un día tan indistinguible como los demás, Harry tomo la decisión de desobedecer, y salir de la recamara. Se acerco con incertidumbre a la puerta color marrón claro y adornos estilos góticos. Una vez frente a la puerta, se detuvo; atacado por un breve episodio de inseguridad. Sin embargo su deseo explorar la casa supero el de regresar a la cama.
Al abrir la puerta se topo con un largo pasillo que llevaba a una escalera. Salió despacio de su cuarto, mirando a su alrededor y notando más cosas que podía identificar…pero que ignoraba como lo sabia. Objetos como una pequeña reproducción de la Pietà, lo que aparentaba ser un original de Rodin, y otros más. El eclecticismo de la casa era inaudito, y a la vez hermoso. Para cuando llego a las escaleras, Harry olvido por completo las razones para salir de su cuarto. Solamente deseaba proseguir con su exploración. Poco a poco fue bajando las escaleras, que aparentaban llevar meses sin ser limpiadas. El polvo y las telas de araña se apoderaban de todos los espacios disponibles, un hecho que Harry decidió ignorar.
Una vez llego al último escalón, noto la completa ausencia de muebles. Camino despacio, tropezándose con un océano compuesto por las obras de Kigplin, Quiroga, Prachett, Gailman, Borges, Rushdie, Kafka, Sastre, Herbert, Heidegger, Dewey, Crowley, y muchos otros. Lo que más le llamo la atención fue una palabra escrita en la pared más grande de la sala. Una sola palabra. La calidad era pésima, como si hubiese sido escrita por un gigantesco niño de 5 años. En la pared se podía leer “OMNIUS”. Por alguna razón la palabra le provoco escalofríos, y fue invadido por el irracional deseo de correr y esconderse bajo las sabanas como cuando era un chiquillo.
Todo lo que encontraba en la casa revelaba un caos en los gustos de su dueño. Una especia de sensibilidad estética que insinuaba una mezcla entre las ideas de Dalí y Picasso. Cada vez que entraba en una habitación aumentaba su sentido de incomodidad, de que estaba invadiendo el espacio de otro. Su mente era invadida por una variedad de sensaciones. Entre ellas, la de que algo malo había sucedido aumentaba a niveles logarítmicos. Pero humano al fin, deseaba explorar más, y adquirir una visión más clara de aquella casa. Así que prosiguió su exploración. Sus pasos lo llevaron a una oficina, llena de periódicos, y un estante repleto de Jodorowsky, Dargento, Fulci, Bava, Deonato, Romero, Paolo Pasolini, y otros proscritos. En el majestuoso escritorio noto la acumulación casi sicótica de columnas de periódicos. Tomo uno al azar cuyo titular no comprendió. El mismo decía “¡YA SON 1 MILLÓN!” Tomo otro que proclamaba “EL CDC SIN RESPUESTAS”. Esas siglas le eran familiares, y una chispa del pasado se encendió, pero sin brindar mayor claridad sobre el pasado.
Rodeo el escritorio para sentarse, ya comenzaba a fatigarse y se encontraba lejos del cuarto. Removió de la patética silla a Marx, Hegels, Albizú, Mao, Adler, Hamilton, Smith, Hayek, Tocqueville, Lovecraft y Bhagavad Gita. En la comodidad de la ajena pero familiar recamara comenzó a revisar los rotativos con mayor empeño. Cada titular era como la pieza de un rompecabezas al que le falta la caja. Luego de revisar varias decenas, el enigma tomo sentido. Harry llego a la conclusión de que el mundo estaba enfermo…o lo estuvo.
Al día siguiente regreso a la oficina dispuesto a leer el resto de los periódicos, junto a un diario que encontró en la gaveta de su mesita de noche. Al ignorar la fecha actual, no pudo determinar cuanto tiempo había transcurrido desde las fechas de publicación. La revelación fue perturbadora. Una rara enfermedad surgió de la nada. Al inicio el mundo se mantuvo inalterado, caminando en la rutina diaria, sin gastar muchas neuronas en pensar en la situación. Eran unos cuantos casos que se limitaban a las zonas más pobres y desoladas. Se llego a pensar que las clases sociales más afortunadas eran inmunes o incapaces de contagiarse. Dicha creencia no perduro, pues en poco tiempo la infección se regó por las ciudades atacando a todos por igual. Los casos aumentaban a un nivel que desafiaba las matemáticas y las normas de microbiología e infectología existentes. Pronto los pueblos dejaron el sentido común a un lado y se dejaron llevar por el miedo y los instintos. Cada vez que se reportaba un aumento en los casos o una nueva muerte, el salvajismo y la violencia se tornaban peores. Las personas se mataban literalmente en las tiendas, luchando por la última caja de mascarillas. La anarquía reinaba por doquier. Eventualmente el miedo llego al gobierno, que se vio en la obligación de activar el ejército para vigilar los hospitales, a los supermercados, y a otros incontables comercios.
Y de repente, llego el silencio. Las metrópolis y los pueblecitos estaban perdiendo a diario a sus habitantes, hasta que llego el día en que la existencia de las multitudes paso al olvido. El asombro de Harry pronto se transformo en la tristeza más apabullante de su vida. Cerca del final solamente dos periódicos permanecían de pie, publicando en una testarudez admirable. Estos hablaban de ciudades que eran tragadas por la basura, mientras el eco de la ausencia de vida humana lo invadía todo. Comentaban de batallas bíblicas que dejaron lugares como Central Park convertido en un carbón humeante y apestoso. En los últimos números que fueron publicados el editor lamentaba lo de Japón, mientras que festejaba el fin de Israel y Palestina. No pudo más. Harry dejo de leer, convencido de que el mundo fue limpiado…de seres humanos.
Cuando se repuso tomo el diario. “Que tipo más odioso” pensó luego de leer las primeras entradas. Desarrollo una antipatía inmensa por el hombre que pensaba que la plaga era la solución para la pobreza. ¿Cómo era posible que existiera una mente tan bárbara? El autor de ese diario mostraba un desdén por la sociedad increíble…hasta que se encontró solo. Harry lloro por el dolor ajeno, su desagrado transformado en compasión por el suicida lo llevo a guardar luto por un desconocido.

En esos días de exploración, las visitas de Tessa eran esporádicas y fugases. Ella le hablaba con ternura ensayada y limitada atención. Esto cambio cuando lo vio vestido completamente de negro, y la cabeza rapada. “Encontré una maquinita…y como casi todo en mi vida, sabia cual era la función, pero nada más”. Tessa se acerco algo preocupada, observando con detenimiento el atuendo de su paciente con un interés antropológico. Finalmente lo tomo de la mano y lo llevo a la cama. El silencio entre ellos era hermoso, envuelto en el cariño que emanaba de ella. Le tomo la presión, reviso su temperatura, sus vendajes, sus pupilas y reflejos. Incluso le realizo una examinación neurológica básica. Satisfecha con los resultados le dijo “haz salido del cuarto” en un tono ausente de reproche. “El aburrimiento mata” le contesto Harry con una sonrisa juvenil. “Pero me agrada la decoración caótica de la casa”. Ella dejo escapar una diminuta carcajada mientras se sentaba a su lado. “Si, el Dr. Kubrick tiene gustos algo dispares”.

- ¿Aun sigue amnésico?
- Si Doctor.
- Sigue cuidándolo.
- ¿No lo visitara?
- El momento no es el correcto. Pronto.

El tiempo pasaba desapercibido. Finalmente Harry le pregunto la fecha, lo cual por alguna razón le proveyó un sentido de normalidad a su vida como amnésico. Las visitas de Tessa aumentaron, lo cual agrado a Harry. Su mente se llenaba de un temor y una ansiedad inexplicables si pasaba mucho tiempo solo.
Sus conversaciones se hicieron normales, pues poco a poco desapareció la relación enfermera-paciente. Jugaban backgammon por eternidades, contemplaban el alba con total concentración, intercambiaban ideas, y llego el momento en que se hicieron amigos. Pronto el mundo se expandió al patio de la casa, que era realmente un parque con una variedad de flores y árboles que inundaban el ojo de una belleza forjada por una alianza entre el hombre y la naturaleza.
Un día mientras caminaban alrededor de un estanque repleto de peces multicolores, Harry tomo una rosa y se la puso en el pelo a Tessa. Intercambiaron sonrisas mientras la brisa primaveral refrescaba sus cuerpos. Se miraron fijamente, llevando una conversación entera sin necesidad de palabras. Con seguridad recordada, Harry se acerco a Tessa, la tomo delicadamente por el rostro, y la beso.
La rutina se transmuto en algo hermoso. Harry esperaba todos los días la llegada de su “ángel”. Ella acepto el apodo, reconociendo en el mismo un gesto honesto de amor. Todo adquirió un nuevo sentido. Las comidas sabían diferente, más exquisitas. Los colores eran más brillantes, las pinturas revelaban más significados, y la vida era bella. Eventualmente llego la intimidad. Fue un acto hermoso, lleno de pasión romántica. Se complacieron mutuamente, y al concluir, descansaron en un abrazo repleto de seguridad. Era claro, se amaban.

“Cuéntame lo que paso”. Ella cerró los ojos. El día que tanto temía llego. El Doctor se lo advirtió. Lo tomo de la mano, y prosiguió su caminata, buscando la forma correcta de explicarle. Estaba tan absorta en sus pensamientos, que no se percato que se alejaba de la mansión. Llegaron a un paraje nuevo, a unos minutos de la mansión estilo Dakota. Era el borde de una hermosa colina, con una vista a un valle; donde era posible ver las ruinas de la ciudad. “Como leíste en los periódicos, una enfermedad arrazo con todo. La destrucción que ves fue hecha por las personas, reos del miedo y la ignorancia. La cantidad de muertes por la enfermedad…” Harry la interrumpió con un gesto gentil, y le dijo “Me refiero a mí”. Lo miro llena de compasión y miedo. Tessa sabía que este día era inescapable, pero no pudo evitar ser invadida por el deseo de evadirlo. “Es cierto que te llamas Harry Deckard. Tu memoria esta fragmentada…algo confusa, aunque preservas todas las funciones cognitivas superiores…lo cual ya has notado… Mi amor, deseo ayudarte a recordar más, pero debo consultar con el Doctor”. Harry accedió. La abrazo y la beso, sintiendo un sabor salado en sus labios. Se despego sorprendido y le pregunto “¿por qué lloras?”.

Se encontraba prisionera entre su función como enfermera y la de pareja. Lo amaba profundamente, pero le aterraba la idea de que Harry recordara. En lo más profundo de su ser, estaba el miedo de perderlo si esto llegaba a ocurrir. Se acerco con lentitud medida al Doctor, quien estaba absorto en un viejo volumen de Jung. “Esto es verdaderamente una pieza de museo. Es un original”, le dijo el doctor sin despegar los ojos del papel. “Desconocía que supiera alemán” le dijo Tessa en un tono desinteresado. Finalmente Kubrick se volteo a mirarla. Sintiendo incomodidad en la mirada de su enfermera, decidió ayudarla. “Vienes por él, deseas saber si es correcto decirle que intento volarse la cabeza”. Su crudeza no era por crueldad. El doctor era un hombre con una enorme capacidad intelectual, pero que carecía totalmente de tacto. Tessa bajo la mirada mientras lloraba. Cuando pudo respirar cómodamente le dijo “temo perderlo. Me aterra que una vez sepa, todas las otras memorias regresen. Me horroriza que en realidad sea el tipo que escribió ese horrible diario. Me he enamorado del hombre que esta en el segundo piso, el Harry amable y delicado. El hombre que disfruta de conversar, de este nuevo ser nacido de una tragedia…”. Las lágrimas volvieron a ahogarla, no pudo resistirlo y se sentó en el suelo abandonando todo decoro. Con porte adquirido por una vida militar, el Doctor se acerco a ella, y se sentó a su lado. “Tiene derecho a recuperar sus memorias. ¿Quiénes somos para decidir que su pasado quede en sombras?”

“¿Cuándo conoceré en persona al doctor?” le pregunto Harry una tarde tibia de octubre, mientras contemplaban los rojos celestes del ocaso. “El doctor es un hombre muy ocupado, realmente no se”. Harry bajo la mirada para buscar los ojos de su amada, con una risa atravesándole el rostro. Luego de unos segundos dónde lucho contra el deseo de reírse, le contesto en tono jocoso “¿ocupado? Somos solamente nosotros tres.” Ella suspiro, incapaz de escapar la mirada de su amado. Mientras le acariciaba el brazo le contesto “Kubrick es un intelectual. Pasa largas horas leyendo tomos te diversos temas. Y si, es algo absurdo cuando ya no existen revistas profesionales donde publicar sus hallazgos, pero ese es él. Pero créeme, pronto lo conocerás”. Harry aceptó la explicación, su confianza en su mujer era absoluta.

No fueron los gritos lo que la despertaron, sino los movimientos bruscos de Harry, quien estaba enfrascado en una pesadilla. Al despertar ella lo consoló. Sus manos de ángel lo acariciaron, y cuando esto fracaso lo apretó contra ella, sumida en una angustia sin par. “Era horrible” dijo Harry. “Estaba en una ciudad, desolada. Solamente habían cuerpos y cuervos comiéndoselos. Y estaba solo… completamente solo. ¡Era horrible!”.

Las pesadillas se tornaron en una rutina. Al comentárselo al doctor este simplemente le cambio el tema. En un momento lleno de cólera, Tessa lo agarro por los hombres y le grito “¡POR QUÉ NO LO AYUDAS!”. Completamente carente de emoción, el doctor le contesto “esto es algo que él necesita enfrentar. Déjalo que luche contra sus demonios internos. Te aseguro que pronto lo veré, con todo lo que eso implica”. Sus ojos eran un abismo sin fin. Ella no soporto contemplarlo por más tiempo y bajo la mirada, sin soltarlo. Su desespero era grande, al punto que ya no le importaba si le faltaba el respeto a su patrono. “Es demasiado para él, y no es justo que usted este aquí releyendo tomos que ya se conoce de rabo a cabo. Nunca le he cuestionado su actitud, pero ahora me temo que no puedo seguir este juego. Simplemente explíqueme porque no lo puede ver ahora, porque es tan importante que sufra, que tema el quedarse dormido…por favor”. Kubrick miro las manos que lo apretaban, y con un gesto amable se las quito. Con gentileza paternal la llevo a una silla. Una vez sentada la miro por un minuto, al cabo del cual le pregunto “¿realmente deseas entender?”. Ella asintió con la cabeza, sus ojos ahogándose en un mar de pena y dolor. Luego de una exagerada pausa, el Dr. Kubrick le explico…

Estaba caminando en un cuarto humildísimo. Las paredes estaban repletas de fotos arrancadas de revistas. Se vio así mismo en el centro de la habitación. Mugriento y en calzoncillos, dando vueltas. De la nada, saco un arma, y se disparó…
Brinco en la cama. Aunque harry ya estaba acostumbrado a las pesadillas, esta era la primera donde se pude ver a si mismo con claridad. Buscando no interrumpir el sueño de Tessa, se levanto de la cama y fue al baño. Se lavo la cara, y se sentó en el inodoro. Lo asediaba una terrible idea. Las pesadillas eran memorias…

Despertó confundido y temeroso, por lo que permaneció inmóvil. La recamara le resultaba familiar, pero algo no estaba correcto, así que se dio a la tarea de estudiar sus alrededores antes de tomar una decisión. Era un cuarto de dimensiones cómodas, pintado de color terracota. En la pared opuesta de la cama se encontraba un solitario Kandinsky…de repente recordó donde estaba. Busco la mesa de noche para confirmar que el tomo de Thomas Pynchon aun estaba ahí. Poco a poco su mente se fue abriendo, hasta que se acordó que faltaba lo más importante. Grito con todas sus fuerzas “¡TEEEESSAAAA!”. Su grito fue contestado por el sonido de alguien corriendo. Al entrar al cuarto, su amada se tropezó con un zapato y callo de cara al piso, pero se incorporo de inmediato. Necesitaba llegar donde Harry. Se apretaron, Tessa sangraba por la nariz pero no le importo. “Fue horrible, desperté y fue como la primera vez…no recordaba nada… ¡NADA!”.

Harry caminaba por la gigantesca sala. La ausencia de muebles le daba un aire de melancolía que era acentuado por el mar de libros. Mientras que las gigantescas letras todavía lograban incomodarlo sobremanera. Visito todos los cuartos de la casa, lleno de enojo y harto de la situación. Sin saber porque, tomo la decisión de encontrar al famoso Dr. Kubrick. Sin embargo, la expansión de la casa era tal que impedía la realización de tal proyecto. Su enojo lo llevo a la cocina para buscar a Tessa y exigirle que lo llevara a donde Kubrick.
Mientras se acercaba a la cocina escucho un llanto. Inmediatamente cambio la velocidad de sus pasos, y se acerco con lentitud. Cuando estuvo frente a la puerta pudo ver a Tessa sumida en lágrimas. En meros segundos su enojo se trasmuto en preocupación. Se acerco, y la abrazo.

- El momento esta cerca.
- Si Doctor.
- No te ves muy contenta.
- Usted ya sabe cual es mi preocupación.
- ¿Cuánto tiempo llevamos cuidándolo del pasado?
- Casi un año.
- Ujum. Creo que pasado mañana es su cumpleaños. Díselo, eso comenzara el proceso.
- Si doctor.

Era un nuevo día. Harry le levanto de la cama, dispuesto a no permitir que nada arruinara el día de su cumpleaños. Fiel a la rutina, mira a la pared, y quedo inmóvil. El Kadinsky fue cambiado por un Monet. Se quedo paralizado, mirando al intruso. Cuando Tessa salio del baño le pregunto “¿qué paso con el otro cuadro?” “¿Cómo? ¿No recuerdas? Hace tres días dijiste que te cansaste de verlo. Así que lo cambiaste”.

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