martes, marzo 10, 2009

LA FIESTA

La fiesta, como toda reunión típica de Borinquen; comenzó varias horas después de la que mencionaba la invitación. Todos llegaron tarde pensando en que los demás harían lo mismo. Los anfitriones, conociendo esto de ante mano, no se mataron ni estresaron por tenerlo todo a tiempo. Les empujaba la paz que regalaba la certeza de la tardanza de sus invitados. Cada uno de sus amigos llego con un abrazo y un saludo fraternal. Cada uno “disculpándose” por la demora cuando en realidad a nadie le molestaba.

Todos los invitados respondieron al llamado. Carlos y Carmen se comprometían. Todo un evento considerando que Carlos aparentaba ser alérgico a las relaciones, y que Carmen era antipática al matrimonio. Los novios llevaban 24 meses saliendo, en una relación que en momentos daba la impresión de ser una vorágine salvaje, y por otros, un simple descuido en discreción. En general, todos pensaban que ambos estaban divirtiéndose. Y en general, fue una sorpresa el descubrir cuan equivocados estaban en su evaluación de la relación. Era algo más que diversión, y ahora lo comprendían.

Como es de esperarse, la música, el alcohol, y las personas lograron que la fiesta despertara de la maraña en que se encontraba. Faltaban pocos de los invitados, y los anfitriones hallaban pocos segundos para tocarse y mirarse. Cada vez que les era posible se buscaban con la mirada, recargando así la fuerza que necesitaban para dirigir la fiesta. Poco después de las 10:00 p.m., llego uno de los pocos invitados que faltaban. Entre ellos, estaba Elena, la mejor amiga de Carlos, y Esteban, el mejor amigo de Carmen. Al verla entrar, Carlos se sonrió, y logro escabullirse sin que esta se diera cuenta para alzarla por los aires mientras se reía a carcajadas. Cuando finalmente la puso en el piso, ella fingió enojo ante tal trato, descubriendo que era imposible mantener la fachada ante un viejo amigo. “Puntual como de costumbre” le dijo Carlos mientras la abrazaba. Ella sin dejar de sonreír le dijo “bobito, ya sabes que la belleza toma tiempo”. Carmen se acerco no para recibir a su viejo amigo, sino para finalmente ver con sus propios ojos a la famosa Elena. Se intercambiaron los saludos formales, y la fiesta prosiguió su rumbo, sin necesidad de dirección humana como muchos eventos sociales.

La música fue bajada de volumen, dado que ya incomodaba a los necios vecinos. En una esquina, mientras observaban a los hombres regresar a edades tempranas (gracias a la ayuda de Black Label y otros nombres), Carmen y Elena intercambiaban oraciones cordiales. Había cierta química entre ellas difícil de descifrar. Repentinamente, Carmen se volteo a mirar a Elena, y le dijo “yo se que no te puedo ganar”. Elena se volteo lentamente, confundida ante el cambio de tema. “Se que no te puedo ganar. Si llegase ese punto, donde finalmente él tuviera que elegir…yo quedare sin nada. No me mires de esa manera. Se lo de ustedes… ¿Sabes lo chocante que es tener ese tipo de certeza? ¿Saber que a pesar de todo lo que hemos vivido tú siempre tendrás el primer lugar? Mi vanidad fue domesticada. Así de simple, así de sencillo. No te puedo ganar, no porque sea débil, no por carecer de voluntad o valor. Nada que ver. Eres tú. Esa es la razón. Eres tú. Déjame la poca dignidad que me sobra, y vivan felices con los breves momentos que tengan. Yo por mi parte voy a continuar viviendo como si no supiese nada, ajena, entretenida con mi egoísmo, con mi propio mundo personal, como cuando realmente lo ignoraba”.

Hubo silencio, mientras Elisa miraba fijamente a Carmen. Una mujer fuerte y valerosa, una mujer que jamás se le ha negado algo. Con voz casual, llena de empatía, ajena de burla, comprendiendo que era valor y no miedo lo que movió a Carmen a realizar tal confesión, le brindo la respuesta más honesta que le era posible: “la decisión final le pertenece a él. De mi no tendrás problemas”. Intercambiaron miradas. Cada una conciente del poder que la otra esgrimía. No era necesario que proseguir con el tema, pues todo quedo claro entre ellas.



I. J. Vázquez Torres ©

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